El proceso de desarrollo humano tiene tres etapas. La primera de ellas es la toma de conciencia, la segunda es el diseño de un plan de acción de las nuevas conductas a incorporar (in-corporar, hacer parte del cuerpo) y la tercera es el desarrollo del nuevo hábito que surge cuando la persona pone en práctica (practica un número importante de veces) el nuevo comportamiento. Cuando uno pone en práctica el plan producto de la toma de conciencia y desarrolla el hábito recién se puede decir que la persona ha aprendido. La adquisición de conocimiento y de información no son aprendizaje. Como mucho, toma de conciencia.

Son tres los niveles de aprendizaje de un ser humano.

El primero de ellos ocurre en la vida misma, actuando y haciendo las cosas cotidianas (personales y laborales) en las que se involucra producto de sus decisiones y lo que le demandan otras personas o circunstancias. Uno aprende en la práctica.

El segundo nivel de aprendizaje es aquél en el que la persona reflexiona ‘observándose’ a sí misma actuar. Es como si se subiera a un balcón y desde allí evaluara su accionar. Al hacerlo puede diseñar planes de cambio, desarrollo y mejora, implementarlos y aprender. A este tipo de aprendizaje se le llama cambio adaptativo o simplemente cambio. Desde aquí se genera la mejora continua.

El tercer nivel de aprendizaje es aquél en el que el individuo ‘observa’ al observador, esto es, se queda analizando, evaluando, observando los paradigmas, creencias, mapas, per-conceptos, criterios que utiliza para observar su conducta. A este tipo de aprendizaje se llama cambio transformacional o transformación. Demás está decir que este tercer nivel de aprendizaje es mucho más profundo y duradero.

Transforma al observador y la manera de observar. Empata profundamente en el accionar del individuo. Desde aquí se genera la innovación.

Hay una serie de creencias o supuestos que gobiernan actualmente el accionar de la humanidad que podrían ser cuestionadas, sobre todo si no nos ayudan a tener una presencia socialmente más justa, ambientalmente sostenible y de realización plena.

Una de la que me gustaría abordar ahora es la de la muerte. Nadie cuestiona si la muerte es una creencia cierta o falsa. Es cierta si creemos que la esencia de todo ser (humano) es el cuerpo y que la existencia en la tierra y ésta que nos ha tocado vivir es la única.

Partamos ahora del supuesto de que los seres (humanos) en esencia somos energía. Demás está decir que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma (trans-forma, cambio de forma). Si esto es cierto, los seres (humanos) no dejamos de existir nunca, sólo nos trans-formamos, no morimos nunca. ¿Cómo cambiaría tu vida si este ‘nuevo’ supuesto fuera cierto?

Si somos energía, ¿para qué hemos venido a este mundo? ¿Para qué hemos asumido esta forma?

Esto nos devuelve a las reflexiones iniciales en torno al aprendizaje (ver artículos anteriores en Transformando Talento). Como lo dije en publicaciones anteriores, la tierra es una escuela de aprendizaje, que tiene una malla curricular de ‘cursos’ (experiencias, circunstancias, relaciones, comportamientos, etc.) en los que tenemos que aprender algo. En esta vida, y desde que nacimos, ya estaba marcada la malla curricular básica, con algunos electivos. Otros cursos se van añadiendo a medida que avanzamos. Más vale que en esta vida logremos aprender y aprobar todos los cursos que nos han asignado. Caso contrario nos los llevaremos a nuestra próxima vida, cuando nuestra esencia energética como seres se trans-forme.

Desde esta perspectiva, otra creencia que se alinea con esta reflexión y que me gustaría cuestionar para luego integrarlas, es el que nuestros padres nos escogieron para ser sus hijos. Nosotros como seres energéticos, para aprender lo que nos toca aprender en esta vida, a la hora de la concepción, decidimos quiénes serían nuestros padres. Nuestros padres son aquellos que escogimos porque serían y nos pondrían las circunstancias necesarias para que podamos aprender lo que vinimos a aprender. El lugar donde nacimos, las circunstancias que nos tocan vivir, la manera como nuestros padres se comportan, lo que hacen, nos hacen, hacen entre ellos, sus conductas; todo ello lo hemos escogido para que nos ocurra lo que nos tiene que ocurrir. Son los ‘cursos’ de la malla curricular de esa escuela de aprendizaje que se llama tierra.

Si integramos  e in-corporamos estas reflexiones en torno a estos dos supuestos o creencias nos daremos cuenta de que algunas conductas en nosotros podrían desaparecer. Mencionemos algunas:

1. Ya no me puedo quejar. Uno sólo se queja de lo que otros hacen y que no está bien. Pero si yo decidí escoger a mis padres, sus contextos y circunstancias, yo soy responsable de todo lo que me ocurre, y lo que me ocurre tiene sentido: mi aprendizaje, sanar lo que no he sanado hasta ahora.

2. Ya no me puedo victimizar. No soy la víctima de lo que otros hacen, ni de lo que me ha tocado vivir, ni de lo que ocurre a mi alrededor. Todo eso lo escogí yo, fue mi decisión energética en el momento de ser concebido. Es parte de mi malla curricular. Puedo transformar todo ello, hacer que cambie, influir, liderar, impactar o me quedo como víctima de las circunstancias esperando a que alguien me lo solucione.

3. Ya no puedo culpar. Si la circunstancia se nos repite, es que todavía no hemos aprendido. A veces he escuchado y también he dicho “¿por qué a mí?”, “¿por qué se me repite esto?”. La respuesta es muy clara. Yo escogí que así fuera. Si se me repite es porque me están dando una nueva oportunidad para aprender de esas circunstancias.

Si intentamos recordar circunstancias en las que nos hemos quejado, victimizado o hemos culpado a alguien o cómo en la sociedad actual estas tres conductas y las creencias subyacentes están presentes entre los seres humanos y cómo no ayudan a gestar una presencia humana socialmente justa, ambientalmente sostenible y de realización plena en la tierra, entenderemos que las dos creencias presentadas para la reflexión y el análisis líneas arriba no contribuyen a nuestro proceso de aprendizaje ni construyen aquello para lo que hemos sido llamados. No surgen de la sabiduría. No son divinas o, como alguien diría, no son de Dios. No son racionales, no pueden surgir de una especie ‘super-dotada’ como la humana, con una inteligencia superior. Sí hemos sido llamados a aprender, sí a asumir responsabilidad por nuestras vidas y las de los demás, sí a transformarnos y b esas personas de influencia para que otros se transformen y transformemos juntos nuestra presencia en la tierra.

La próxima vez que te veas a ti mismo quejándote, victimizándote y culpando a otros o las circunstancias sabrás que estás rehuyendo a tu proceso de aprendizaje. Estarás saliendo desaprobado en ese ‘curso’ que esta vida te ha puesto para que aprendas, te transformes y contribuyas con la gran transformación.

Fernando Gil Sanguineti

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